10 de mayo de 2017

Relatos aleatorios, por Jorge Núñez Rodríguez - 5

Dos gilipollas entran a un bar. Quinta entrada de los Relatos Aleatorios. Y esta vez hay sangre, noche coruñesa y moar vodka. Empieza a discernirse un patrón. Si os gusta, una copa. Si no os gusta, dos copas.


5. WHEN THE MUSIC'S OVER

Me encontraba a la mitad de mi tercer vodka con limón cuando Vic entró por la puerta del bar. Un tipo curioso, Vic. Viejo compañero de correrías en la adolescencia, abandonó la madre patria cuando sus padres se trasladaron fuera del continente, por motivos de trabajo. De vez en cuando volvía a la ciudad, y en verano se quedaba una temporada. Un tipo original. Disfrutaba escuchando discos instrumentales a lo Mothers of Invention y con la cerveza barata. Tipos como él me caen bien, son necesarios.

El bar era un escenario clásico de la parte heavy de la ciudad. No sólo clásico, sino probablemente el último de los originales. Es el precio del paso del tiempo. Los viejos locales cierran, los nuevos también. Ahora impera otro rollo. Ya no existe el Número K.

Hacía mucho que no venía aquí. Siempre me han gustado los antros. Llegas, te sientas en un taburete, te plantan una copa delante y te dejan tranquilo. En la penumbra, bebes y escuchas retazos de conversaciones aderezados de viejos cortes de los Doors. ¿Qué más se puede pedir?.

Se sienta a mi lado y pide lo suyo. Durante un rato no decimos nada. Simplemente, bebemos.

Todo se va al carajo. La ciudad, el país, la sociedad, Europa, y nosotros.

Bebemos.

Eran las 4 de la madrugada.

Los adolescentes chillan excitados, probando su habilidad al futbolín e intentando impresionar al sexo opuesto con sus malabarismos muñequiles. Promesas vanas de experiencia y habilidad.

Bebemos.

El dueño nos cuenta que ésta será probablemente la última noche que verá el Belkan Mercenaries' Bar. Que deudas e impuestos lo han jodido vivo. Dice que tiene una pila de pastillas y un buen whisky esperándole en casa.

Bebemos.

Hey, Sal”, dice, rompiendo el silencio. Levanto la mirada de mi vaso y le observo. Está acabado. Igual que yo. “¿Vas a echarlo de menos, Sal?”.

Claro que voy a echarlo de menos. La juventud, enterrada bajo la modernidad. Pero bueno. Resignación. Resiliencia. El penalty de Djukic no fue el fin del mundo. El fin del BMB tampoco lo será. Otros bares ocuparán su lugar. O eso trato de decirme.

Sé que nunca volveré a un bar durante la madrugada.

Volvemos a caer en un silencio amodorrado.

Hey, Vic”, después de otra ronda. “¿Te has peleado alguna vez?”
Niega con la cabeza. “Yo tampoco”.

Son las 5 de la mañana.

Terminamos la última y salimos fuera.

Peleemos”. Asiento con la cabeza. No necesito nada más.

A nuestro alrededor se reúne un círculo de habituales de la zona.

Sin consecuencias” es la consigna. Solo dos tipos jóvenes pegándose. Nadie va a llamar a la policía. A nadie le importa. Ni siquiera a los que nos observan.

Nos miramos. Asentimos.

Lanza un puñetazo. Me golpea en un costado. Me tambaleo un poco. Que triste debe verse este circo desde fuera. Sacudiendo la cabeza, alzo los puños para protegerme. Lanza otro. Lo desvío. Le lanzo un directo a la cara. Al intentar esquivarlo, tropieza y se cae de culo. Le ayudo a levantarse. Le vuelvo a golpear, y esta vez le doy. En la barbilla. No mueve ni un músculo. Dudo si le he dado o no hasta que veo que le cae un hilillo de sangre por la comisura de los labios. Primera sangre. Me golpea en el estómago, rápido. Me encojo sobre mí mismo. Baja la guardia. Me arrojo contra su cuerpo. Le desequilibro. Nos aferramos como si fuéramos luchadores de sumo anoréxicos e intentamos tirarnos el uno al otro con escaso éxito. Me sujeta los brazos e intenta patearme. Le bloqueo la patada. Le arreo un cabezado directo a la nariz. No sé si la sangre es mía o suya. Me duele la frente. Me tambaleo y me patea el culo. Caigo de cabeza al suelo. Intenta golpearme. Falla estrepitosamente.

La madrugada pasa.

Cuando abro los ojos, una luz me hiere. La cabeza me da vueltas. Siento mi cuerpo pesado. La cara me duele horrores. Me la palpo despacio y descubro una hinchazón en torno a mi ojo izquierdo. El estómago revuelto. La vista desenfocada.

Busco a tientas a mi alrededor. Arena. Estoy en Riazor. Está amaneciendo. Hay alguien a mi lado. Consigo enfocar la vista y veo que es Vic. Tiene un labio partido y un chichón muy feo en la sien.

Le sacudo. Recupera lentamente el conocimiento. Me sonríe. Le falta un diente.

Estás acabado”. Se ríe. “Ya somos dos”, gruño, riéndome yo también.

Se pone en pie. Parece estar mejor que yo. Me ayuda a ponerme en pie. Contemplamos el sol alzándose sobre la ciudad.

Ha sido divertido”.

Nos damos un abrazo y cada uno se va por su lado. Yo tenía una demanda que redactar. Él debía hacer la maleta.


La última mañana de nuestras vidas. Por lo menos, hasta la jubilación. Quizá entonces abramos un bar.


Dedicado a los antros, al genio de Frank Zappa & Co., a ese extraño experimento fallido de sugestivo título que es When the Music's Over de los gloriosos Doors, a mi amadísimo Ace Combat Zero: The Belkan War y su banda sonora, y, por supuesto, a las madrugadas tontas entre amigos.