15 de abril de 2017

Relatos aleatorios, por Jorge Núñez Rodríguez - 1

Pues nada, se da inicio aquí a una saguilla de relatos escritos por mí durante los últimos años, a ver qué os parecen. Variarán entre lo estúpido, lo cómico y lo melodramático (alguno diría incluso patético). Así que nada, vamos con el primero, protagonizado por un idiota de la jet set con unas particulares circunstancias vitales. Oh. Spoiler. :'(

1. OTRO DÍA, LA MISMA MIERDA

Odio estas fiestas. No soporto a los novatos. Siempre intentando aparentar una grandeza y una elegancia de la que carecen. Uno ya está curtido en estas lides, y aún así, sin alcohol resultan inaguantables. Una pena que no pueda beber. Ni comer -nada normal al menos-. Pero eso es problema mío. Ay, cada vez me apetece menos salir de casa. Se me anquilosan las piernas, y eso que son nuevas. En fin. Veamos, un buen esmoquin, un par de Farias, pañuelo, mocasines, el poco y ralo pelo que me queda hacia atrás... quizá debería aplicar un poco de maquillaje en las cicatrices. Pueden ser algo terroríficas para un novato. Pero, por otra parte, sus caras aterrorizadas me parecen encantadoras, a pesar de lo cansinas que llegaron a resultarme hace unos cuantos años. Supongo que con la efervescencia de la novedad es natural que no obtuviera otras miradas tiempo atrás, pero en estos tiempos de bonanza y tranquilidad es comprensible que ya poca gente se asuste de mí.

Debéis creer que he de ser un tipo tremendamente antipático y desagradable para que la gente pueda asustarse de mí. Y en cierta manera no vais desencaminados. Sí, reconozco que tengo un carácter algo difícil, me he ido convirtiendo en un ermitaño cascarrabias y aún encima estoy orgulloso de ello. También estoy orgulloso de cosas peores, así que no es algo que hable mucho en mi favor. Pero no es ese el motivo del terror momentáneo que parece torcer las expresiones de aquellos que me conocen por primera vez. Es comprensible. Un zombi trajeado, repeinado y exhalando más humo que un mercancías del XIX puede resultar una visión dantesca. Pero qué se le va a hac... Sí, habéis leído bien. Zombi. ¿Qué pasa?. ¿No puede un no-muerto disfrutar un poco del viejo crédito de devorador insaciable de carne humana? Vaya por delante que no es algo de lo que me sienta orgulloso, todo eso del canibalismo, me refiero, es algo muy feo y poco edificante. Pero la solución de compromiso alcanzada conmigo me parece bastante satisfactoria a ese respecto.

Para poder mantenerme con vida -je- se me suministra de manera habitual una cantidad adecuada de carne y sangre humana sobrante de aquellos que desean donar su cadáver a la ciencia. No recibo buen material, todo hay que decirlo, pero conseguí contratar a un excelente chef de escasos escrúpulos profesionales que hace auténticas maravillas para una persona con mi tipo de apetitos. El único pero que tiene conmigo es que no puede emplear ingredientes picantes. Me sientan fatal. No es que me causen dolor, quiero decir, sino que me dejan el tracto intestinal hecho unos zorros. Es lo malo de carecer de regeneración celular. Vamos, de carecer de vida en general. Soy como un coche viejo, si una parte se estropea, hay que cambiarla. Lo único que no he permitido que me cambien es el rostro y el cerebro, este último por motivos obvios (la única ventaja de ser zombi es que el cerebro es lo último en pudrirse, Romero sabe por qué, y por ahora no he tenido la necesidad de repararlo más allá de un par de puestas a punto rutinarias).

El rostro siempre he preferido que me lo reparen, a pesar de los costurones que me han ido quedando con el tiempo, más que nada porque el ver algo familiar cada mañana en el espejo al levantarme consigue que no me olvide por completo de mis orígenes. Nadie más los recuerda, por lo que, tras meditarlo los últimos años, he decidido sentarme a escribirlos. Y de paso toda mi vida. Memorias de un escritor zombi. Menuda gilipollez. Al menos no se me podrá acusar de no ser original. A ver quien es el guapo que se atreve a decir que le he plagiado. Si alguien le echa narices, no dudaré en servirme su hígado acompañado de un buen Chianti (siento cierta debilidad por Anthony Hopkins, lo admito. Si alguna vez se realiza un largometraje sobre mi vida, ojalá pudiera protagonizarlo él. Toni Servillo también sería una buena opción, aunque claro, quizá fuera más adecuado para mis últimos años que para mis inicios. No le veo explotando en un ataque de ansia devoradora de materia gris. Bueno, además de que eso resulta ser algo de todo punto imposible. Lleva unos ciento y pico años muerto), como buen gourmet caníbal.

En fin. Hora de salir. Un último tirón a la pajarita, y a arrastrar esta ruina de cuerpo entre la crème de la crème del Nuevo Mundo. Supongo que hay vidas peores. Lo último que hay que perder es el sentido del humor. Y la cabeza.

Dedicado a Sergi Llauger. No fue el primero, pero sí ejecutó la idea magistralmente.